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26/02/2013 - 15:23 General

El Hospital San Juan de Dios del Aljarafe diagnostica al año 250 pacientes nuevos con intolerancia a la lactosa y otros 100 con celiaquía. Por este motivo, la Unidad de Digestivo dirigida por el doctor Francisco José García acaba de editar dos guías prácticas con recomendaciones para aquellos pacientes que se enfrentan por primera vez a estas enfermedades y para ayudarlos en su día a día.

 


Ambas publicaciones serán entregadas al paciente tras haberle realizado el diagnóstico en consulta y también están disponibles a través de la página web del hospital www.hsjda.es .
La lactosa es el azúcar predominante de la leche. La causa de la intolerancia a la lactosa es la incapacidad del intestino para digerirla y transformarla en sus constituyentes (glucosa y galactosa). Esta incapacidad es debida a la escasez de una proteína denominada lactasa, que se produce en el intestino delgado.
Existen múltiples causas de intolerancia a la lactosa, la más frecuente es la denominada intolerancia primaria o hereditaria. La actividad de la lactosa es alta y vital durante la infancia, pero disminuye de forma fisiológica a partir del destete. Por eso, la intolerancia primaria a la lactosa se manifiesta en la mayoría de los casos en la pubertad o en la adolescencia tardía. La intolerancia secundaria a la lactosa es causada por cualquier daño de la mucosa intestinal o reducción de la superficie de absorción, suele ser transitoria y depende de la enfermedad de base que tenga el paciente. Por último existe un raro trastorno de origen genético, que es el déficit congénito de lactosa, en el cual el intestino delgado no produce dicha enzima.
Para detectar esta intolerancia se realiza el test de hidrógeno espirado, una prueba que no es molesta ni dolorosa y que consiste en tomar una solución con 25 o 50 gramos de lactosa en el aliento por intervalos de 30 minutos.

Por su parte, la enfermedad celíaca se puede definir como una intolerancia permanente a determinadas proteínas (gluten) contenidas en cereales como el trigo, la cebada, el centeno y la avena.

Se suele detectar a edades tempranas de la vida, generalmente al introducir los cereales que contienen gluten en la alimentación del niño (con 6 a 12 meses de vida). Sin embargo, desde la última década del siglo XX, se han ido detectando pacientes con estos síntomas en edades más tardías de la vida.
Los síntomas son muy variables. La enfermedad celiaca clásica consiste en un cuadro de diarrea crónica. Puede acompañarse de una pérdida de peso importante. En el caso de los niños, se observa que no ganan peso y que su crecimiento se retrasa. Otros síntomas acompañantes pueden ser distensión abdominal, malestar general, irritabilidad, etc. En adultos este cuadro clásico puede estar ausente y en muchos casos no hay síntomas digestivos, lo cual demora el diagnóstico. Algunos pacientes, en lugar de síntomas intestinales, presentan dermatitis herpetiforme.
Para su correcto diagnóstico hay que realizar un análisis de una biopsia del intestino delgado (duodeno) mediante endoscopia oral, aunque la sospecha clínica y la presencia de ciertos anticuerpos apoyan el diagnóstico.