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03/12/2018 - 23:00 General
discapacidad intelectual, nuevas tecnologías, psiquiatría, psicología

El 3 de diciembre es el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, y la intelectual es una de las especialidades del Centro San Juan de Dios, junto con la salud mental, donde se atienden a casi 500 usuarios con discapacidad intelectual y alrededor de 20 usuarios con inteligencia límite y trastornos asociados. Esto convierte al centro de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en el dispositivo de la Comunidad de Madrid con el mayor número de plazas para atender a personas con estos trastornos.

Su gran experiencia en discapacidad intelectual hace que este centro sea referencia en tratamientos, investigación e innovación. En los últimos años en el Centro San Juan de Dios se están aplicando las nuevas tecnologías como herramientas terapéuticas complementarias para mantener las capacidades cognitivas con las personas con discapacidad intelectual en proceso de envejecimiento y de frenar los posibles procesos de deterioro cognitivo.

Como señala Carlos de Pablo-Blanco, coordinador facultativo del área, “el envejecimiento progresivo de la población general y de las personas con discapacidad intelectual es una realidad constatada. A partir de la prolongación de la esperanza de vida de la población adulta en general también cada vez más personas con discapacidad llegan a esta etapa de la vida lo cual constituye un desafío en la atención y los servicios dirigidos a las personas con discapacidad intelectual”.

En el caso de las personas con discapacidad, está demostrado su envejecimiento prematuro, iniciándose éste en algunos casos a los 45 años. En la Base Estatal de Datos de Personas con Discapacidad (BEPD) del IMSERSO (2015) se obtiene en España un total de 268.633 personas con una discapacidad intelectual reconocida (con grado igual o superior al 33 por ciento). De ellas 22.004 son mayores de 65 años.

Cada individuo tiene su forma particular de envejecer a través de un proceso que tiene características personales distintas. No obstante, en general, a nivel cognitivo, sabemos que el proceso de envejecimiento suele afectar principalmente a capacidades como la memoria, el lenguaje, las habilidades viso-espaciales, las funciones ejecutivas y las praxias. Además, los ancianos con discapacidad intelectual pueden tener mayores índices de psicopatología o de algunos tipos de demencia.

El cerebro como cualquier músculo, necesita entrenamiento para mantenerse en forma y el entrenamiento cognitivo es el trabajo sistematizado sobre las capacidades cognitivas para su recuperación o mantenimiento. “El principal objetivo del entrenamiento cognitivo es el estimular áreas y componentes cognitivos específicos. Normalmente las áreas cognitivas trabajadas  son: atención, funciones ejecutivas, lenguaje, memoria, percepción, visoconstrucción, orientación, praxias, gnosias y la cognición social”.

Existen herramientas digitales de entrenamiento cognitivo como la plataforma Neuronup que permite realizar una intervención intensiva e individualizada. “Los resultados en términos de mejora o mantenimiento objetivo de los procesos cognitivos a través de estas estrategias aún no se han valorado de forma cuantitativa -informa De Pablo-Blanco- pero la observación de su aplicación en nuestra práctica diaria nos permite afirmar que se trata de actividades normalizadas y muy motivantes para los residentes”. “Por otro lado -añade-, no hemos de olvidar que su carácter será siempre complementario a otras acciones siempre desde un enfoque preventivo, integral y personalizado”.

Atención integral e individualizada

“Una de las señas de identidad del área de atención a personas con discapacidad intelectual del Centro San Juan de Dios” -señala Carlos de Pablo-Blanco, coordinador facultativo del área-, es que presta atención integral y especializada a varones mayores de 18 años con discapacidad intelectual y graves trastornos de conducta que no pueden acudir a centros no específicos de trastornos de conducta ni pueden ser atendidos en su medio familiar”. Del total de usuarios del área de discapacidad intelectual del Centro, el 66 por ciento tiene como diagnóstico secundario trastornos de conducta, un 19,91 por ciento epilepsia, un 7,22 por ciento lesión cerebral, un 1, 75 por ciento déficit sensorial y un 5,03 por ciento algún tipo de enfermedad mental asociada.

La complejidad de estos tratamientos ha supuesto una evolución y profesionalización en los centros en constante adaptación. “En la actualidad -explica De Pablo-Blanco-, esta área se compone de varias unidades donde cada residente recibe una atención integral e individualizada para conseguir el máximo desarrollo de sus competencias y posibilidades de participación social teniendo en cuenta sus características, intereses y necesidades”.

Como él mismo señala, “la intervención que se lleva a cabo con las personas con discapacidad intelectual ha de realizarse desde un enfoque biopsicosocial y desde una intervención interdisciplinar”. Se trata de un conjunto de actuaciones que aúnan estrategias de valoración y afrontamiento desde el ámbito psicológico, médico y socio ambiental. Para De Pablo-Blanco “la integración del tratamiento farmacológico y el conductual resulta fundamental y requiere de una buena comunicación y coordinación entre todos los miembros del equipo”.

Esta forma de trabajar con los residentes ha obtenido muy buenos resultados y es valorada positivamente por sus familias. En las últimas encuestas realizadas en el Centro San Juan de Dios, se obtiene un índice de satisfacción general del 81,4 por ciento y un índice de satisfacción en las familias del 99,1 por ciento. El cien por cien de las familias encuestadas responde que recomendarían el centro.

Desde el Centro San Juan de Dios se denuncian los obstáculos que las personas con discapacidad se encuentran en su día a día. Por un lado, las barreras físicas o arquitectónicas, que dificultan su libre desplazamiento y comunicación. Por otro, las barreras sociales, es decir, las actitudes o conductas que van en contra de la aceptación e inclusión de las personas con discapacidad. Y, por último, las barreras culturales. En este punto se encuentran las creencias, valores, ideas o hábitos que se transmiten y que dificultan a estas personas su oportunidad de participar plenamente en las actividades de la comunidad a la que pertenecen.